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Muchas fueron las fiestas en la sociedad incaica, tenían lugar en todas las ciudades y poblaciones menores, alcanzando mayor brillo en la capital; el objeto real de ellas debió ser la necesidad de brindar descanso y regocijo a la población; el intenso trabajo en construir palacios, caminos y puentes, la atención a permanentes faenas agrícolas y a la guerra, exigía pausas muy justificadas para recuperar energías y reconfortar anímicamente a millones de seres enrolados en el engranaje económico del Estado. Las causas aparentes fueron la atención a la multiplicidad de dioses que reclamaban sacrificios, ayunos, ofrendas y oraciones. Los dioses fueron muchísimos y los adoratorios se contaban por cientos en la ciudad del Cusco; en el ámbito Tawantinsuyano fueron muchos los centros religiosos con prestigio general.

En la sociedad tahuantinsuyana, existieron dioses generales a todo el imperio, culto impuesto por los orejones del Cusco, más dioses regionales o nacionales, que ocupaban un segundo plano en la liturgia, liturgia tácitamente autorizada por el gobierno central cusqueño; y dioses lares. Es obvio decir que existía idéntica jerarquización en cuanto al culto profesado a los dioses. Las divinidades a nivel de imperio, recibían las mayores ofrendas, en su honor se realizaban fiestas solemnísimas en las principales huacas, pero cobraban especial relevancia las celebradas en la capital, en el Cusco, con intervención incluso de la nobleza provinciana.

Todos los meses del año se realizaban fiestas de acuerdo a la calendarización existente; unas eran fiestas ordinarias, con fiestas fijas y conocidas, establecidas por las normas consuetudina­rias existentes, invariables, v. gr., la Fiesta del Sol. Otras eran eventuales, en casos especiales, por circunstancias imprevistas; leamos lo que al respecto dice Bernabé Cobo, en el Cap. XXV de su Historia del Nuevo Mundo.

Las fiestas a fecha fija u ordinarias estuvieron distribuidas adecuadamente en el calendario inca, obedeciendo principalmen­te a circunstancias de producción agrícola, llámese riego, barbe­cho, siembra, aporque, cosecha, etc., y obedeciendo al quehacer de los dioses con esos menesteres, por ejemplo, agradecer al Sol por las cosechas de maíz.

La calendarización de las fiestas guardaba directa relación con los conocimientos astronómicos. Los amautas conocían los solsticios y equinoccios y sus fechas correspondientes, aunque ig­noraban el por qué de estos fenómenos, que eran atribuidos a la voluntad divina y comprometían la gratitud de los humanos. Los incas adecuaron sus gnómones líticos y sucancas o saywas en forma simple pero eficaz, en lo que se llaman intiwatanas u ob­servatorios astronómicos, que estaban distribuidos en diversos si­tios de la ciudad del Cusco, los que más llamaron la atención de los españoles fueron las columnas ubicadas en Carmenca, Toqo-kachi y Wanakauri. El año comenzaba en el mes de diciembre (solsticio de verano), mes llamado Qhápaj-raymi.

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